Invitar a nuestros amigos a experimentar las bendiciones del evangelio

    Mensaje de los líderes del Área

    Élder Karl D. Hirst
    Élder Karl D. Hirst Setenta de Área

    Nos encantan esos momentos en la vida cuando nos sentimos invencibles. Suponen un marcado contraste con esos instantes mucho menos placenteros por los que todos pasamos alguna vez. Tras una experiencia dulce, cuando sentí que alguien me perdonaba, cuando nuestros seres queridos tomaban decisiones correctas, cuando he escuchado un buen discurso o lección que me ha llegado directamente al corazón, ¡me sentí genial!

    Hace poco, al meditar sobre unos de esos buenos momentos, intentando expresar esa experiencia con palabras, me encontré describiéndola como el sentirse “iluminado” por dentro. Me sentí lleno de luz, sin cargas y mucho más positivo. Sabía que mis problemas no desaparecerían, pero me sentí con energía para afrontarlos. Había descubierto una felicidad que alentaría mis experiencias vitales más comunes, incluso en medio de desafíos.

    Al recibir la invitación para escribir este mensaje, recordé las palabras del Salvador a los nefitas: “En verdad, en verdad os digo que os doy a vosotros ser la luz de este pueblo”[1].

    Los dos pensamientos se unieron en mi mente. Realmente estaba siendo “iluminado” por el gozo del evangelio, con una ternura divina, pero a la vez sentía la obligación no solo de disfrutar del consuelo recibido sino asimismo permitir que esa luz fuera percibida por todos los que me rodeaban. El Salvador continuó diciendo: “Una luz que se asienta sobre una colina no se puede ocultar… ¿Encienden los hombres una vela y la ponen debajo de un almud? No, sino en un candelero; y da luz a todos los que están en la casa; por lo tanto, así alumbre vuestra luz delante de este pueblo, de modo que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”[2]

    Puedo ver que la felicidad que recibo del cielo no solo está diseñada para bendecirme a mí sino también a los demás. Debo hacerles ver tanto la felicidad que se me ha concedido como las cosas buenas que me permite llevar a cabo.

    ¿No es cierto que no hay mejor forma de compartir el evangelio que irradiar felicidad al vivirlo? Parece que el complemento perfecto para “el gran plan de felicidad”[3] es compartir el evangelio más eficazmente siendo felices. Además, si queremos hacer nuestra parte en este gran y último recogimiento, estoy seguro de que lo mejor que podríamos hacer es pasar nuestro tiempo buscando la felicidad a la manera del Señor. Suena como el tipo de obra misional que todos deberíamos estar preparados para hacer.

    Si tomamos el tiempo para recordar que somos felices, que nuestra felicidad es un don de Dios y que la mayor felicidad se encuentra siempre en vivir tal como ha planeado nuestro Padre Celestial, seremos entonces un “pueblo adquirido por Dios”[4], y, además, por las razones correctas.

    El apóstol Pedro lo expresó de otra forma. Sugirió de manera inspirada: “santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para responder con mansedumbre y reverencia a cada uno que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros”[5].

    La felicidad del evangelio me da esperanza en medio de mis desafíos. No sería sabio pretender simplemente que mis desafíos no existen, pero puedo escoger concentrarme en esos momentos de felicidad que aparecen en mi camino y no dejar que las cargas de los problemas de la vida los escondan de mi vista y de la de los demás. En lugar de eso, también puedo intentar ser feliz y dejar que esa felicidad ilumine lo que, tanto yo como los que me rodean, vemos.

     


    [1]  3 Nefi 12:14

    [2]  3 Nefi 12:14-16

    [3]   Alma 42:8

    [4]   1 Pedro 2:9

    [5]   1 Pedro 3:15