El perdón por medio de la expiación de Jesucristo

    Mensaje de los Líderes del Área

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    Élder Franco
    Élder Saulo G. Franco, España Setenta de Área

    Como miembros de la Iglesia, buscamos estar bien no sólo física sino también espiritualmente.

    Una de las cosas más importantes que buscamos es tener paz y la mejor manera de lograrlo es encontrar paz interior. Como dijo el Salvador: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo”1.

    Lamentablemente, es fácil perder esta paz interior, especialmente debido al estilo de vida del mundo moderno en el que vivimos, que se está volviendo cada vez más agresivo. Esa agresividad incluso entra en nuestros hogares a través de diversos medios y llegamos a asumir que es algo normal vivir así. Una de las frases que cada vez escucho decir con más frecuencia es: “Perdono, pero no olvido”; e incluso: “Vas a pagar por lo que has hecho”.

    El perdón es una virtud que todos necesitamos alcanzar y mantener. El presidente Gordon B. Hinckley, en cierta ocasión, dijo: “Creo que ésta tal vez sea la mayor virtud que haya sobre la tierra y, por cierto, la más necesaria.  Nos rodea tanta maldad y maltrato, tanta intolerancia y odio; es enorme la necesidad que hay de arrepentimiento y de perdón” 2. Es el gran principio que se recalca en las Escrituras, tanto antiguas como modernas.

    El perdón y el arrepentimiento siempre van juntos; no podemos arrepentirnos sin perdonar y no podemos perdonar sin arrepentirnos.

    Comparemos el perdón con la picadura de una serpiente. Cuando alguien te ofende o te hace daño, es como si te mordiera una serpiente, lo que muchas veces nos puede causar heridas muy graves, haciendo que el proceso de curación lleve mucho tiempo y suponga mucho dolor; pero, como con cualquier herida, con el paso del tiempo se cierra y se cicatriza. En ocasiones las serpientes venenosas pueden picarnos y dejar el veneno dentro. Pasa igual con el rencor, el odio, los deseos de venganza y de buscar justicia: se apoderan de nuestro corazón y, como con el veneno, no podemos cicatrizar la herida. El perdón es el antídoto para curar esas heridas causadas por el veneno; sin el perdón es imposible alcanzar la cura. No hagamos como muchos de los israelitas que fueron mordidos por serpientes ardientes. Estos hubieran podido encontrar la cura con tan solo mirar a la serpiente de bronce que el Señor mandó a Moisés que hiciera, la cual representaba al Salvador y Su expiación. Pero no ocurrió así y perecieron3.

    El Salvador y Su expiación son la única vía para encontrar cómo perdonar; no hay otra manera de conseguir perdonar en situaciones difíciles. La expiación es el antídoto que puede curar y cerrar cualquier herida, incluso aquellas más difíciles para las que parece que no hay remedio. El poder de la expiación no es espontáneo; a veces es difícil aplicarlo y requiere un gran esfuerzo, pero está al alcance de todos los que lo deseen. El Señor, en una revelación moderna, nos ha enseñado esto:

    “Por tanto, os digo que debéis perdonaros los unos a los otros; pues el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado. Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, más a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres”4.

    El perdón en el matrimonio es la clave de conseguir un matrimonio para la eternidad. Veo muchas parejas que no se perdonan las cosas pequeñas y van acumulando el veneno de los rencores y del odio; entonces, cuando tienen una discusión, sueltan todo lo acumulado a lo largo del tiempo y la relación queda seriamente dañada. Veo algunos matrimonios cuya tolerancia mutua es mínima, que no soportan los errores más pequeños, llegando a desatar literalmente “una tormenta en un vaso de agua”. Es en el seno de la familia donde más necesitamos practicar el perdón y recordar que no hay exaltación sin perdón.

    Por último, el perdón está directamente ligado a la caridad, tal como dijo el profeta Moroni:

    “Pero la caridad es el amor puro de Cristo, y permanece para siempre; y a quien la posea en el postrer día, le irá bien. Por consiguiente, amados hermanos míos, pedid al Padre con toda la energía de vuestros corazones, que seáis llenos de este amor que él ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo Jesucristo; para que lleguéis a ser hijos de Dios; para que cuando él aparezca, seamos semejantes a él...”5.

    Oro para que siempre seamos capaces de alcanzar el perdón en nuestras vidas; si lo hacemos, seremos más semejantes al Salvador y nos convertiremos en verdaderos discípulos suyos.

    Notas:

    1 Juan 14:27.

    2 “El Perdón”, Conferencia General de octubre de 2005.

    3 Alma 33: 20.

    4 D. y C. 64:9–10.

    5 Moroni 7:47-48.